Decir adiós

​Decir adiós
sin el sabor metálico de la sangre en la boca
sin palabras muertas apenas masticadas.

Decir adiós
como el que pide un cigarro
sin la importancia del momento
sin cristales rotos ni piras funerarias.

Decir adiós
y que no suene a despedida
que no mueran las flores
que no se acabe el mundo
que no llore un niño por cada madre muerta.

Decir adiós
como si no nos fuera la vida en ello
sin gritos inútiles
sin rencores
ni incendios
ni nada.

Decir adiós
sin tener que inventar un idioma nuevo
sin tener que aprender a odiarnos.

Decir adiós.

Y que no nos importe una mierda.

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Casa

door-211761__340Y a esto lo llamé casa.

No al techo protector
Ni la cárcel de sus paredes.

No a la luz filtrada
por persianas llenas de polvo.
No al humo que huele a comida.

No al colchón herido.
Ni a puertas llenas de arañazos.

No al viejo suelo
con surcos de nuestra vida.
No a la vajilla de las visitas.

A tu mirada cansada.
Al abrazo de tus rodillas.
A la caricia de tus uñas.

Al beso en los párpados.
A tu dedo que acusa y empuja.
Al triste miedo de tu adiós.

A esto.

Lo llamé casa.

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Novedades

“Aquellos ojos míos de mil novecientos diez
no vieron enterrar a los muertos[…]”
(Federico García Lorca)

Quiero ver, como dice el maestro,
con los ojos del 82.
Los colores, los sonidos, la piel,
la gente.
Nueva.

Quiero mirar igual que hace 30 años.
Sorprenderme usando un punzón. Comer plastilina.
Imaginar en el aire castillos.
Nuevos.

Quiero dejar atrás los interminables 15.
Con su música triste y su piel,
a flor de vida, donde estrenar besos.
Nuevos.

Quiero olvidar el año 2000, y el 2001, y el 2002,
que trajeron el efecto eterno de hacerme adulto.
Y pensar en euros. Y empezar esa vida.
Nueva.

Quiero esperar a que lleguen los 40, los 50, los 90…
y ser eterno.
Quiero ser  en cada instante.
Nuevo.

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Cirujía

No vengo a hablar del ciempiés detenido en mi costado.
Ni de ojos suicidas anhelando las vías del metro.

No hablaré de las llagas por tocar recuerdos congelados de la ausencia.
Tampoco de la favila que dejaron las palabras calcinadas.

Vengo a hablar de la sangre,
llovizna desde mis uñas,
dibujando pozos infinitos en el suelo.

Hablo de cuerpos deconstruidos
para contemplar qué había dentro.
De corazones crucigrama a los que quité la última palabra.

Hablo de termitas transmutadas
que dejé devorando estómagos.
De los estigmas producidos por mis besos.

Y es que el poeta,
al igual que el cirujano,
aprende del dolor no por sus heridas
si no sobre sus muertos.

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Tempus Fugit

–Y así es como puede viajar en el tiempo –y el dependiente dijo eso y se quedó tan tranquilo–, pero sólo hacia el pasado, nunca hacia el futuro.

El caso es que yo no sé cómo había entrado en esa tienda. Tal vez fue su nombre, Tempus Fugit, o el vetusto aspecto de su cartel marrón con letras blancas de pintura desportillada (con la eme apenas visible) o tal vez que a través de su sucio escaparate no se viera nada en las repisas. ¿Qué tipo de tienda no exhibe sus productos en la vitrina? Sigo sin explicarme qué hacía yo allí dentro pero sea como sea, allí estaba.

Al entrar en la tienda pude apreciar que el aspecto exterior advertía sin ningún tipo de duda qué te ibas a encontrar en el interior. Nada, no había nada de nada. O por lo menos nada que estuviera, aparentemente, a la venta. Un desusado mueble en un rincón, a la izquierda, con un viejo reloj de mesa estropeado y un horrible portarretratos, al que no le habían cambiado la fotografía de fábrica, colocados encima. También, en la pared del fondo, un cuadro lleno de humedades mal alineado y con una rotura en la esquina superior derecha. Como os decía, no había nada a la vista que me indicara a qué se dedicaban en aquel espacio. No había cajones dónde guardar materiales o expositores llenos de figuras de barro o plomo. O relojes.

–Con este nombre, en esta tienda, deberían vender relojes –recuerdo que pensé en voz alta.

Desde la pared de la derecha, dónde por cierto había un mostrador de cristal con los aparadores también vacíos,  me llegó un ruido y pude ver que, tras una cortina mal disimulada pero tan sucia como el resto de las cosas, surgía un joven dependiente que contrastaba con la tienda de la misma forma que la niña del abrigo rojo es inconfundible en la grises imágenes de la película de Spielberg.

Si el dependiente parecía fuera de lugar nada en él lo estaba, joven, alto, bien vestido con un pantalón recto y un chaleco de punto que dejaba entrever un nudo de corbata magistralmente ejecutado, con el pelo impecablemente peinado hacia la derecha y unas gafas modernas, de esas de aspecto antiguo. Avanzaba hacia el mostrador con una sonrisa perfecta y unos dientes blancos, tal vez excesivamente blancos, y con paso decidido, como el que sabe que ese día será un triunfador.

–¿En qué puedo ayudarle? –empezó el.

–Precisamente eso querría saber yo…

–Tiempo señor, vendemos tiempo.

Definitivamente aquella tienda era una locura. O alguien con mucho dinero había colocado a su hijo desequilibrado al frente de un negocio inútil o alguno de mis amigos o enemigos, y no es que tenga muchos de unos y otros, se estaba tomando muchas molestias para gastarme una broma.

–¿Y se puede saber cómo me piensa vender tiempo?

–Es sencillo, usted podrá viajar al pasado y vivirlo de nuevo tantas veces como quiera. Pase el tiempo que pase allí, parecerá un suspiro. Por eso nosotros vendemos tiempo.

–Usted está loco, no se puede viajar en el tiempo.

–Disculpe que le precise, no se podía viajar en el tiempo, ahora ya sí es posible. Sólo en esta tienda y por tan sólo 15 euros.

–Claro, sólo en esta tienda y por 15 euros. ¿Y me está diciendo que puedo ver cómo serán mis hijos? si es que alguna vez los tengo o ¿quién ganará la próxima liga de fútbol? O mejor aún, ¿puedo saber los próximos 10 números de lotería y así enriquecerme? Y todo, por tan sólo 15 euros.

–No, le he dicho que usted sólo podría viajar al pasado. No le servirá de mucho conocer los anteriores 10 números de lotería.

–Y ¿por qué sólo se puede viajar al pasado? Eso es una tontería, puestos a inventar algo…

Y el dependiente, que tenía en la mano un bolígrafo y un papel blanco salidos de no sé dónde, empezó con una extraña teoría que empezaba en una bifurcación de caminos. Mientras pintaba un punto en el papel del que salían tres pequeñas rayas, me dijo algo sobre que imaginara que ante mi había tres caminos y que tenía que elegir uno. Elegí el de la izquierda, siempre la izquierda. Una vez hecho esto, y en el papel pude ver que dibujaba una línea que partía desde el punto hacia la izquierda, me encontraba ante otra bifurcación, en este caso de dos posibilidades, y tenía que volver a elegir.

–La izquierda, ya le he dicho que no quiero a la derecha ni en broma.

Y así siguió dibujando continuamente con cada una de mis decisiones. Pude ver que el papel se llenaba de puntos conectados por líneas y que en cada uno de ellos quedaban varias pequeñas rayas, símbolo de las decisiones no tomadas.

–Ahora –interrumpió mis pensamientos–, ¿podría usted volver con el dedo a cualquier punto anterior sin separar su piel de la tinta?

–Sí, bastaría con seguir la línea dibujada entre ellos.

–Y si usted estuviera en la primera decisión y quisiera viajar a la octava sin conocer el camino que llevó hasta ella ¿podría?

–No, es imposible. Podría llegar a la octava decisión por el mismo camino trazado o tomando otros caminos en las 6 decisiones anteriores.

–O puede que nunca llegue a la misma, o que entre ellas dos existan un millón de bifurcaciones. El punto en el que nos encontramos ahora mismo, este instante, se debe a todas las decisiones previas que ha tomado. ¿Cómo sabe qué va a hacer en el futuro si todavía no se ha enfrentado a ellas? Esta vida sería un poco aburrida si pudiéramos saber, sin ninguna duda, qué será de nosotros.

–Entiendo.

–Y así es como puede viajar en el tiempo, pero sólo hacia el pasado, nunca hacia el futuro.

–Al menos podemos ir hasta el momento en que nos equivocamos y arreglarlo. Tal vez así mi vida mejore. No está tan mal por tan sólo 15 euros.

–No me ha entendido –su sonrisa ya no era tan perfecta e incluso sus dientes ya no me parecían tan blancos –, he dicho que somos lo que somos por las decisiones que hemos tomado, si viajamos al pasado y cambiamos algo, por insignificante que nos parezca, ya no seremos la misma persona que partió. El camino de regreso desaparecerá y será imposible volver. Se quedaría vagando en un tiempo que no es el suyo y quién sabe las consecuencias que eso puede tener.

–Entonces ¿de qué sirve pagar 15 euros? Si no puedo cambiar nada y tampoco sabré nada nuevo de mi…

–¿Está seguro de eso? Le ofrecemos la posibilidad de volver a vivir cualquiera de las experiencias de su vida. Las qué más le han gustado, las que le han hecho reír hasta llorar o le han emocionado. Le ofrecemos revivir las que le han marcado más profundamente. Al revisar esas experiencias, al volver a este momento, tal vez sea capaz de entender por qué es quién es.

Y me sorprendí a mí mismo pensando en las risas que resonaban en el patio de casa mientras jugaba con mis hermanos. O la voz potente de mi padre que nos gritaba desde el salón que dejáramos de hacer ruido. A mi madre diciendo tú siempre a la izquierda y también aquél camión que embistió el coche desde la derecha. Vi como mi padre no pudo superar la pérdida y su voz de entonces, apenas inaudible, diciendo que fuéramos buenos, que las nuevas familias nos iban a tratar bien.

Recordé mi tardío primer beso y las lágrimas del primer rechazo. Me vi gritando a la lluvia que nunca más sufriría por alguien porque todos me habían abandonado. Que viviría siempre sólo, sin amigos ni enemigos. ¿Estaba dispuesto a vivir de nuevo todo eso? ¿Necesitaba hacerlo para entenderme?

Y recordé la primera vez que nos vimos y lo tonto que yo parecía entonces, mirándote a los ojos desde abajo y sin atreverme a abrir la boca. Y vi tus dientes dibujar una línea blanca entre esos labios, llenos de heridas por tu manía de mordértelos, que se abría poco a poco hasta estallar en una carcajada. Y a mí mismo prometerte que quería curar todas y cada una de esas heridas durante el resto de mi vida.

Entonces, sin decir nada, me di la vuelta hasta dejar al dependiente a mi izquierda, siempre a mi izquierda, y empecé a caminar hacia la puerta. Mi mirada alta, con la frente levantada buscando un punto en el horizonte. Un pequeño punto. Daba igual qué dejaba atrás, el reloj del viejo mueble, el portarretratos, la perfección del dependiente, los recuerdos tristes, las experiencias que me habían marcado o la felicidad pasada. Daba igual todo, yo sólo buscaba un pequeño punto, con unas pequeñas rayas que marcarían la siguiente dirección. Tenía que darme prisa, me quedaba toda una vida por vivir.

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