Uno


No son nada las lágrimas
si van a morir al océano gélido.

Nada las manos
que forman sombras chinescas
de luz filtrada por el desierto.

Nada los brazos
que no sirven para alcanzar
las ramas del árbol gigante.

Nada las piernas
que se detienen sobre La Grieta.

Nada los ojos
que miran el inevitable atardecer
ni el grito
vertido en la noche infinita del Valle.

Qué difícil sentirse algo
entre tanto todo.

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